Vivir en las 'casas de seguridad' de los coyotes, refugios clandestinos para migrantes

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En la frontera de México con Guatemala, miles de centroamericanos se arriesgan por esa zona rumbo a Esta Unidos. Una larga travesía plagada de peligros, entre ellos el recurso, casi obligatorio, a los llamados “coyotes” quienes, a cambio de dinero, los ayudan a atravesar fronteras. Pero es una ayuda que a menudo termina en tragedia. Esos coyotes manejan también refugios clandestinos del lado mexicano de la frontera y nuestra corresponsal Diana Fuentes estuvo en una de esas llamadas “casas de seguridad” para migrantes, en la ciudad de Hidalgo, donde esperan el mejor momento para seguir camino. Allí conversó con los migrantes y un traficante. “Casas de seguridad” o “bodegas”: así es como se llama a los lugares donde los coyotes esconden a migrantes indocumentados, durante días o meses. Muchos son de Centroamérica, África, Cuba, Venezuela, Perú o Bolivia, y su estadía se alarga en estas casas cuando los familiares que viven en Estados Unidos no mandan rápidamente el dinero, o simplemente nunca llega. Entonces su sueño de llegar al norte desaparece y el peligro que pueden llegar a vivir en estos lugares, es inimaginable. Reglas y límites RFI viajó a una de estas casas que se encuentra en las cercanías de la frontera entre México y Guatemala. Allí conocimos a un traficante de personas, llamado comúnmente “coyote” y quien también resguarda esta casa. “Lo que hago acá es recibir a migrantes y trasladarlos hacia Estados Unidos. Los precios oscilan dependiendo del tipo de viaje que quieran. Si quieren ir en bus o en carro particular, a veces los llamamos el viaje VIP, es mucho más caro, entre 9.000 y 11.500 dólares, hasta Houston. Ahora, si quieren los papeles mexicanos, la residencia permanente o la visa humanitaria también se les puede conseguir, pero por precios que son algo elevados… entre 2.000 y 3.000 dólares”, explica bajo anonimato, por razones de seguridad. El coyote comenta que dentro de esta casa intentan proveer de todo a los migrantes, una vez que han pagado. Ellos pueden cocinar, tienen agua, luz y camas. Los migrantes no salen porque el riesgo de ser deportados existe todo el tiempo y quienes les proveen lo que necesitan son los coyotes. La mayoría de estas casas no dan ninguna de estas condiciones a los migrantes. Muchos han fallecido por falta de comida o agua y la situación se vuelve inhumana y muy peligrosa, como nos explica nuestro coyote. “Con el otro coyote fue también por cuestiones de drogas, le ofreció drogas a una mujer que estaba acá y pues casi que le vuelo la cabeza con un machete, luego lo metí a un agujero que tengo dentro de la casa y pues casi que lo mató pues, por haber hecho cosas que no debía hacer dentro de la casa”, detalla. Los diferentes altercados han fomentado que dentro de este espacio existan reglas y límites. Durante los últimos años han tenido que esconder a niños y mujeres, que buscan llegar a Estados Unidos. “Desde que están los niños acá, nada de alcohol, no se puede alterar la convivencia con los niños, tener música estridente y por cuestiones de higiene, sí se respeta porque yo lo exijo acá”, señala el coyote. Y concluye: “Nadie puede salir de esta casa sin autorización mía, y con niños lo que más exijo yo acá es la limpieza. El baño, por cuestiones de salud de los niños. Esta es la segunda vez, la primera vez sólo hubo un niño, ahora esta segunda vez si es más duro porque hay cuatro niños: uno de ocho años, de seis, de cinco, otro de un año y dos meses”. “Adaptar a los niños” Lucile tiene 28 años, es la madre de los tres menores. Ella salió de Honduras el 28 de marzo del este año, su padre se encuentra en el norte y fue quien le mandó dinero la primera vez para que ella emprendiera su viaje al lado de sus hijos, pero tuvo la mala suerte de ser estafada dos veces por supuestos coyotes. Tuvo que conseguir un tercer guía y más dinero para lograr estar en esta nueva casa de seguridad. “Lo más difícil ha sido adaptar a los niños a este ambiente, estar encerrados y no tener ninguna posibilidad ni en lo económico. El trato de las personas en la casa todo bien gracias a Dios nos trataron bien, pero era difícil a veces llegaba más gente y nos apretábamos. Lo importante es que ando con mis hijos y estamos bien”, dice. Los pequeños cuentan cómo jugaban en Honduras antes de viajar y cómo todo cambió cuando empezaron su viaje al lado de su madre: “Allá tenía una bici y yo aprendía cayéndome, como cuarta vez me funcionó de ahí ya andaba jugando con la bici”, cuenta el mayor, que tiene los recuerdos más vivos. Narra cómo vivieron en una de las casas de seguridad anteriores: “Había perros bravos y cuando salíamos corriendo nos perseguían. Una vez casi me muerde”, dice, agregando que en esta nueva casa se siente bien. “En el viaje hemos tenido que dormir en el suelo, ir apretados, es muy difícil, pero es un propósito que tenemos que cumplir. Es imposible regresar a Honduras, entonces tenemos que seguir adelante”, prosigue Lucile. Para Lucile los planes nunca acaban y su objetivo no desaparece, por más difícil que sea el camino. El coyote nos cuenta: “Siempre hay algo de que platicar, siempre hay planes por hacer, la gente piensa mucho cuando va a viajar hacia Estados Unidos, cuando estén allá con sus familiares, piensan en lo que dejaron en sus países, quieren una casa, quieren un buen carro, quieren un buen teléfono, quieren ayudar a sus papás, a sus hermanos, si dejaron hijos. Entonces prácticamente todo el camino y la estancia en México es hacer planes para cuando ya ganen dinero en Estados Unidos, qué hacer con ese dinero”. Consecuencias desastrosas Al compartir la vida de los migrantes al lado de sus hijos durante varias horas, se va percibiendo la desesperación y depresión de los padres, la tristeza o la ansiedad de los menores que los invade, la incertidumbre familiar es permanente. Día a día deben esconderse, no pueden moverse y básicamente sólo duermen y comen, y si tienen suerte, pueden ver televisión o escuchar música. Linda Rivera, psicóloga experta en niñez migrante, nos explica lo que esto puede desencadenar: “Se puede convertir en una persona más insegura con baja autoestima, con dificultades de adaptación a su entorno, con problemas de agresividad y con problemas de poca inteligencia emocional porque han perdido ese nivel de relacionamiento con las otras personas”. Desde julio del 2021, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos reanudó la “deportación acelerada” de familias. Hasta el 22 de noviembre, han retornado a Guatemala a 3.690 familias. De enero a septiembre del 2021 han retornado a 39.425 personas a Guatemala. Se dio un aumento en la niñez migrante no acompañada retornada hacia Guatemala del 99.9% en el período de enero a septiembre del 2021 (5.341) comparado con el año anterior (2.672) y es el dato más alto de los últimos años, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Riesgo permanente Otra familia que vive al occidente del país aún está armando su viaje. Juan Hernández de 45 años y su hija pretenden llegar a Florida. “Los menores se van en bus o en carritos, no viajamos juntos. Los mayores y los menores tienen coyotes aparte y tienen guías diferentes, pero el que dirige a todos es el mismo”, cuenta Juan Hernández, que subraya la dificultad del camino emprendido. A pesar de esto, han incorporado el hecho de migrar desde hace tiempo en sus maneras de ver la vida y el futuro. El coyotaje por su parte, opera de manera ilícita en Centroamérica y México desde hace décadas, pero jamás había sido tan perseguido como en la actualidad. Para el coyote que entrevistamos, es un mal necesario: “Porque no es un trabajo digno esto, piensan que uno está lucrando con la necesidad y miseria de otras personas. Para mí es un trabajo más porque si no lo hago yo alguien más lo va hacer. Entonces prefiero hacerlo yo, ganarme esta plata yo antes de que alguien más se la gane”. Cruzar la frontera entre Guatemala y México por los puntos ciegos es un riesgo permanente. Están poblados de negocios ilícitos, tráfico de armas, comida, drogas y personas. Los niños y sus padres lo saben, pero dicen que, si tienen suerte, se encontrarán con un buen coyote que los ayudará en la travesía, pero necesitarán de mucha suerte cuando en el camino se conjugan las violencias de las mafias y la de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, ninguno de los viajeros ve como opción dar marcha atrás y resignarse a volver a su país de origen.

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